En defensa de la Sanidad Pública (III): Derecho o beneficiencia

“La sanidad y la educación van a ser privados sí o sí”, esta frase aún no ha sido dicha de manera explícita a los ciudadanos, pero sí implícitamente, con las leyes y los hechos que se van promulgando y desarrollando de manera continua en los últimos años. Es definitiva, lo que aún no se atreven a decir, pero poco a poco es mas o menos lo que dicen sus palabras, es que “la sanidad y la educación pública existirá como beneficencia.”

¿Por qué?

En anteriores artículos ya describimos el porque histórico, pero en esta ocasión, aunque reincidimos en ideas ya ofrecidas, no vamos a retroceder tanto en el tiempo para responder a esa no vuelta atrás en el camino de la privatización de los servicios (y derechos) públicos tal y como los conocíamos hasta ahora.

La idea de la privatización, de que aquellos pequeños resquicios de tiempos pasados, diesen beneficio económico no es de ahora, es decir, era una idea que se tenía preparada ya “en épocas de bonanza económica” y con más razón – para ellos, para los capitalistas- en “épocas de crisis”. Es decir, con este pequeño hecho, queda visto en parte, que la privatización de los servicios públicos tenía que ser sí o sí, ya fuesen en épocas buenas – para ellos, para los capitalistas- o en épocas malas – para nosotros, los asalariados, los sintrabajo, lo sincasa, los sinvida-

En aquella época de bonanza económica la privatización era esgrimida como moderna – lo estatal era lo viejo, lo feo, lo obsoleto-, como síntoma de prosperidad, de progresión y todas esas bonitas palabras eran entremezcladas con aquellas otras de gestión y calidad. Según esta corriente de pensamiento, que era y es la dominante, la privatización de los servicios públicos ocasionaría una mejor gestión, lo cual reportaría un menor coste, pero tal hecho no redundaría en la calidad sino todo lo contrario, la calidad de los servicios ofertados resultarían mejores, gracias todo ello a la optimización de los recursos y a la eficiencia en el trabajo prestado. He ahí el cuento de la lechera: los servicios públicos al ser privados iban a costar menos e iban a ser mejores, y todo ello solo por cambiar el modo de gestión, que en vez de estar en manos de funcionarios, de trabajadores que realizan su labor independientemente de que partido político posee en esos momentos el poder ejecutivo, al que le importan las personas y no el beneficio económico, iba a estar en las de las empresas, en trabajadores que van ejecutar su trabajo con el fin de sacar un beneficio económico a esa gestión, que en vez de ver personas ven costes.

Todo aquel cuento podía haber sido así, pero no lo ha sido y de ello pueden dar ejemplo todos aquellos que hemos trabajado para colegios o hospitales privados o concertados, y cuya aspiración tras ello era el trabajar en lo público. ¿Por qué? Los trabajadores tenían derechos, (por ejemplo, el no ser despedido por causas ajenas a tu labor profesional), tenían un sueldo digno y podían llevar cabo su función de manera adecuada y de cierta calidad. Es decir, la clave de la gestión privada es clara, los trabajadores han de ganar poco y trabajar mucho, y para ello es necesario que su trabajo no sea estable, y a ello se le ha de añadir una merma en la calidad, ya sea disminuyendo servicios o personal o material. Y es así como salen las cuentas.

Como decíamos, en la época buena, se empezó a establecer las leyes que debían permitir la privatización de los servicios públicos – creo que no hace falta el señalar, que tan solo aquellos que puedan ser rentables económicamente- , aunque mas bien debemos decir, que se empezó entonces a privatizar no solo en papel sino en la realidad y los ejemplos son claros a lo largo y ancho de todo el estado. En nuestra capital, lo hemos tenido en el Hospital de las Tres Culturas, allí, en las plantas que prestaban un servicio del SESCAM, el personal recibía un sueldo que era un 40% inferior al del Hospital Virgen de la Salud, y allí, las personas a las que se les realizaba operaciones de prótesis de rodilla, estaban ingresadas apenas 2 o 3 días, con una rehabilitación muy deficiente extra hospitalaria, lo cual repercutía en alto porcentajes de infecciones, así como en una negativa a volver operarse en dicho hospital y sí en el Hospital Virgen de la Salud, puesto que en este, estaban ingresadas una media de 7 o 8 días, con un rehabilitación intrahopitalaria y un cuidado médico y enfermero que aumentaba la calidad y reducía los casos de infección. Y este es un simple caso de tantos en la comparación público/privado.

Pedro de Nambroca.

Entradas anteriores:

En defensa de la Sanidad Pública (I): El ejemplo socialista

En defensa de la Sanidad Pública (II): ¿Por qué tenemos el derecho?

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